Sólo quería un café. Conversar, también, pero no sin un café con leche, dulce. Había pensado en varios lugares, pero cuál, no me decidía por ninguno. Nos trepamos en un coche gris, según su dueño era dorado. (Para algunos, el objeto amado, pongamos por caso un coche, luce de maravilla, luminoso, supongo que mi computadora es algo así para mí.)
Dónde estacionarse en esas callejuelas para carruajes del siglo antepasado, de banquetas estrechas para solitarios. Me alegro de haber aceptado pasivamente, ir a tal café en vez de un Starbucks, sólo alcé los hombros, apreté los labios, asentí, y ya estábamos allí.
Una casa antigua transformada en café, o al menos eso suponíamos, según las guías culturales de hace un par de meses. Nada más entrar, una chica nos contuvo señalándonos una habitación a la izquierda, más allá de la entrada, una estantería metálica con libros, una mesa baja, cojines de colores, como la paredes, donde había dibujos de trazos duros e inseguros, en una ingenua pretensión artística. Pero las escaleras del fondo eran tan seductoras que insistí en subir. Entonces se interpuso un chic@ de largas piernas morenas, labios carnosos carmín, negro cabello largo lacio, bajo ciertas circunstancias, como estar ebrio o a lo lejos, podría ser tomado por chica guapa. Lo saludé cortésmente y seguí mi camino al piso superior. Mis acompañantes me siguieron.
En el pasillo junto a las escaleras, estaba un chico pálido con su laptop sobre una mesa estrecha platicando con una chica robusta que agitaba un vaso con hielos empequeñecidos por el paso del tiempo y el calor. Él hablaba animadamente con ella mientras tecleaba, en su vaso había una par de hormigas grandes, aladas. Entramos a una habitación blanca, frente a la entrada sin puerta había un balconcillo frágil, temía pararme allí, aquello podría caerse de un momento a otro. Una mesa baja, tres sillas y un loveseat. Me dejé caer en él, desde mi rincón podía ver al chico pálido con su laptop, mientras que en el otro extremo, frente a mí, había una entrada a otro cuarto, apenas cubierta por una cortinilla aterciopelada carmín como los labios del chic@.
La entrada no estaba cubierta del todo, antes de sentarme había visto por el rabillo del ojo lo que después pude ver a mis anchas desde mi asiento del amor. Dos chicas se besaban, una recostada sobre un cojinete, la otra, de largo cabello lacio, apoyaba su torso sobre las piernas de su compañera. Por un momento las miré fijamente, de modo que la primera chica lo sintió y ella a su vez me miró durante unos segundos. Según pude inferir, había otras habitaciones como aquella. El chic@ notó la entrada al descubierto, y se apresuró a correr la cortinilla, fue tal su turbación que la peluca se le movió un poco de su sitio, entonces pude ver sus patillas y el inicio de pelo corto varonil.
Había pasado más de una hora y no nos atendían, no lo habíamos notado porque la plática estuvo animada. El par de chicas salieron, la primera, llevaba el cabello recogido en una coleta, el descuido le daba cierto aire infantil, incluso encantador; sus ojos pequeños y rasgados, que hacía rato había visto, eran filosos; su camiseta negra y el pantalón de mezclilla gris oscuro escondían su figura. La otra era una chica evidentemente mayor que la primera, de ojos grandes delineados y labios pálidos. Al vernos se sorprendió, sus ojos fueron enormes por unos segundos, trató en vano de arreglar su cabello castaño, dio un suspiro como para mantener el control, sólo había logrado un poco de orden sobre la parte superior de la cabeza mientras que la maraña trasera permanecía; su blusa negra ceñida mostraba su cintura fina y un busto firme, y su pantalón de mezclilla negra dejaba imaginar claramente sus piernas sobre un par de zapatos altos. Desaparecieron.
El rostro del dálmata en la pared empezaba a inquietarme precisamente porque no sabía qué cosa pensar sobre él, sus orejas casi tocaban el techo, los ojos definidos contrastaban con su hocico de lengua colgante rosa mexicano perdida entre un amasijo rosa pastel, los colmillos y los molares flotaban también por allí, quien lo había dibujado había perdido la perspectiva justo debajo de la nariz.
La chica que casi nos había obligado a quedarnos en la planta baja, apareció junto a la mesilla con las cartas del menú. ¿Qué van a pedir?, preguntaba, mientras yo intentaba hacer contacto visual con ella, pero nada, no me miraba a los ojos, movía nerviosamente su pierna izquierda y de cuando en cuando alisaba su copete y lo echaba hacia atrás, pero éste volvía a su amplia frente morena. Quiero una ensalada con…, entonces interrumpió: No, no hay ensalada, respondió con su voz grave, clara que contrastaba con su ansiedad por irse. Mmmmm, yo quiero una pasta. No, tampoco hay pasta. Entonces, yo quiero pastel, una rebanada de pastel. Tampoco. Bueno, entonces, ¿qué hay? Pizzas. Está bien, una para todos, refrescos, y luego café. La chica se apresuró a salir olvidando las cartas del menú.
El chico de la laptop, de palidez enferma, me miraba con curiosidad, cuando me encontré con sus ojos descubrí un ligero brillo, una burla. La chica robusta se levantó de su asiento, se disponía a irse, se despidió de él. El chico pálido seguía inmerso en su laptop tecleando ágilmente, ni las prisas ni el taconeo del chic@ a su lado le inquietaban en lo más mínimo. Luego, un par de chicos delicados, parecerían gemelos, entraron en la habitación, entonces la sirviente cerró hábilmente la cortinilla de modo que no pude ver nada más. Finalmente, trajeron nuestra orden: pizza, refrescos y café…, todo, una decepción, el café estaba espantoso, peor que un Nescafé.
Luego de platicar, reír, de maldecir al dálmata, la pizza y el café, pedimos la cuenta, la cual llegó con rapidez. Nos hicimos los tontos, no sabíamos en qué lugar estábamos, debimos entender el mensaje apenas entramos, pero qué divertida y qué morbo fisgón me entró, y yo que sólo quería un café.

Para no olvidarlo, me compraron un pin arco iris en la tiendita del chic@; estábamos por irnos pero encontramos su armario donde vendía objetos diversos de colores, me encantó.